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Los Españoles en Trafalgar: navíos, cañones, hombres y una alianza problemática

Otro aspecto resultó aún más decisivo, aunque ha sido a menudo olvidado es el de la enorme superioridad numérica británica tanto sobre los españoles como sobre los franceses y aún sobre ambos reunidos. Durante el XVIII los británicos habían dispuesto de unos 130 navíos en la primera mitad del siglo por una cincuentena corta de buques franceses y una treintena de españoles, en la segunda mitad cada uno de los aliados llegó a tener casi 80 navíos, pero el total británico rondaba ya los 200.6 

Tal superioridad, acrecentada por las severas pérdidas franco-españolas en los años precedentes llevó a que en la época de Trafalgar la Royal Navy contara con 217 navíos en total, aunque no todos operativos, claro está, mientras que España sólo contaba con unos 52 , con un porcentaje aún menor de buques operativos, y en torno a la sesentena de Francia, con la misma salvedad. Es decir: una proporción de dos a uno, por lo que bien puede decirse que Inglaterra pudo haberse permitido el lujo de perder Trafalgar, dada su inmensa ventaja.

Esta afirmación no es una “boutade”: teniendo en cuenta que los vencedores, dadas las formas de combate de la época, quedarían también con severos daños y significativamente en aparejos que les resultaba tan difíciles de substituir, una tal victoria franco-española hubiera sido en el terreno estratégico poco menos que irrelevante, pues las escuadras vencedoras hubieran quedado inutilizadas por los daños, mientras que la Royal Navy no hubiera tenido grandes problemas para reponer las pérdidas. Por muchos motivos los dados estaban ya demasiado cargados en favor de Albión en Trafalgar para aceptar que dicho combate fue decisivo, en realidad no fue sino la confirmación de una superioridad aplastante que ya tenía algunos años de vigencia.

Seguramente esta superioridad numérica tuvo un efecto muy claro sobre los marinos de ambos bandos: franceses y españoles sabiéndose muy superados tendieron siempre a tácticas defensivas y conservadoras que al final no pudieron evitar el desastre, mientras que los británicos, seguros en su superioridad, tendieron a tácticas mucho más agresivas, demostrando palmariamente que tenían poco que perder y mucho que ganar con tal actitud.

Resulta fácil ahora criticar esa postura de españoles y franceses, pero no cabe imaginar por qué hábil argucia unos y otros hubieran podido imponerse a un enemigo tan superior. Una actitud más agresiva hubiera sido casi con toda seguridad suicida, y sólo cabía esperar, como hacía Napoleón, que distraído el enemigo por múltiples atenciones y peligros, la escuadra combinada pudiera al menos momentáneamente, obtener el control del Canal de la Mancha y permitir la invasión. Por otra parte, y bueno es recordarlo, hasta que los marinos británicos desarrollaron sus nuevas tácticas de romper la línea contraria y entablar combate a corta distancia, la estrategia defensiva de franceses y españoles, rehuyendo el combate naval y centrándose en cada misión concreta había dado magníficos resultados hasta entonces, especialmente en la guerra de independencia de los EE.UU.

Pero desde entonces, las nuevas tácticas británicas, nacidas justamente para superar esa derrota, se habían mostrado demoledoras: las pérdidas de navíos franceses desde la Revolución fueron catasstróficas, nada menos que 54 navíos, de los que las mayores partidas fueron los 13 apresados o quemados tras la rebelión de Tolón, y los 11 perdidos en el combate de Abukir. Por contra, las españolas se redujeron en el mismo período, aparte los navíos desechados por viejos e inservibles, a sólo 12 buques, si bien la alianza con Francia supuso que se les cedieran varios para enjugar sus enormes pérdidas.7

Pero si el capítulo de bajas en navíos no fue muy decisivo para la Armada Española, si lo supuso el que desde 1796 en que se botó el “Argonauta” en Ferrol, no se volviera a construir un solo navío hasta Trafalgar, y, de hecho, hasta el reinado de Isabel II. La razón para que durante esos nueve años previos al decisivo combate no se construyese ninguno es de índole fundamentalmente económica, dado el penoso estado de la Hacienda de Carlos IV, pero como veremos en su momento, hubo otras al menos tan importantes. En años anteriores el ritmo había sido de tres y hasta cuatro buques al año. Si eso pasaba con las nuevas construcciones, algo parecido pasaba con el necesario mantenimiento y puesta a punto de los buques, que partieron en buenas condiciones pero en número mucho más reducido del esperable. Esa mala situación económica .se tradujo hasta en los enormes retrasos en la paga de oficiales y dotaciones, con los efectos que cabe imaginar en la moral de los primeros y en la dificultad del enganche para las segundas.         

Footnotes

  1. VV. AA. Gardiner, Robert ( ed) The line of Battle. The Sailing Warship 1650-1840, London, Conway's Maritime Press, 1992, pág 28. [back to reference 6 in text]
  2. Von Pivka, Otto: Navies of the Napoleonic Era, London y New York, 1980. [back to reference 7 in text]
© National Maritime Museum, Greenwich, London
ISSN: 1469-1957
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